lunes, 18 de octubre de 2010

En Cama con María


Tengo un amigo alemán que habla un español casi perfecto aunque tiene una (divertidísima) tendencia a ser muy ahorrativo con el lenguaje. Si puede evitar el uso de preposiciones, conjunciones o cualquier tipo de nexo, lo hace. No sé si consciente o inconscientemente.

En una ocasión dijo “En Cama con Madonna” refiriéndose a la tontería esa que protagonizó la susodicha a principios de los noventa. A mí me hizo mucha gracia porque lo que me vino a la mente fue una imagen de la Blonde Ambition con cuarenta de fiebre, el termómetro en la boca y un montón de kleenex usados por todas partes.

Y en esas estoy yo, “en cama” debido a un dolor de garganta. Al menos hoy, ya que la simpatiquísima doctora que me ha atendido me ha dicho que “no me daba la baja” y a la que le he contestado que “tampoco te la iba a pedir”, tía lista. No sé yo por qué tenía que tratarme con tanto borderío, al fin y al cabo, la seguridad social no es exactamente gratuita y no creo que nadie merezca ser tratado de un modo tan condescendiente. Vamos, es que ni que fuera gratuita de verdad debería haber sido tan impertinente.

Eso sí, en una cosa tenía razón la señora, que aunque con malos modos, me ha dicho que debería dejar el tabaco. Algo que yo sé hace tiempo. Tengo que dejar de fumar. Tengo una bronquitis bastante fea.

Esto se sumaría a una especie de reset al que parecen estar sometiéndose casi todos los aspectos de mi vida. Por una lado, por decisión propia, decidí cuidarme en lo físico y he perdido algunos kilos. Decidí también acabar con cierto tipo de compañías masculinas y al menos, de momento, estoy en una fase de celibato total. Y lo profesional… no lo dejo en punto cero porque no puedo, pero he empezado a plantearme muy seriamente posibles alternativas a mi trabajo actual.

En definitiva, ¿que por qué me pongo tan autobiográfica después de tanto tiempo sin publicar nada? Pues porque sé que excepto por un par de excepciones (Muito obrigada, Lenise! Gracias, chica que grita si quiere algo más), este blog solo lo miráis los íntimos. Y de algún modo, es una manera de solicitar vuestro apoyo en todas las cuestiones mencionadas.

Como bien decían en La Bola de Cristal: “Solo no puedes. Con amigos… ¡Sí!”


domingo, 20 de diciembre de 2009

Ciutadella Blues Again


Mi obligación era escribir un cuento, pero no me visitaban las musas. Pasaba un día y otro día, pero la inspiración no acudía a mi encuentro. Empecé a estresarme y ya no eran días lo que faltaban para la presentación, sino apenas unas horas y tan angustiada empecé a sentirme que decidí salir a pasear un rato invadida por esa actitud a lo Scarlet O’Hara de “ya lo pensaré mañana”.


Descendí las calles del Eixample que me conducían hasta el parque de la Ciutadella, recordando con una sonrisa la intempestiva excursión propiciada por una ardilla dipsómana que me había arrastrado a la villa de Getafe hacía ya algún tiempo.

Al llegar al parque me senté en un banco y saqué la libreta que una amiga bienintencionada me había regalado con la esperanza de que por fin me decidiera a escribir sobre algo más que mi estado de eterna confusión. Lo que, como ya se habrá notado, no era tarea fácil.

Me dediqué a mirar a mi alrededor, buscando un rostro, un mineral, un vegetal, un cordero que me inspirara algo, pero me angustiaba y estaba ya al borde del llanto cuando de repente noté un familiar tirón en el pantalón. Imposible. Allí estaba mi amiga la ardilla. Esta vez en un estado más sereno que en el que la había dejado en aquel bar de Getafe.

- Buenos días, ardilla, ya veo que conseguiste volver a tu parque, espero que la resaca no fuera muy dura-

Agitando una de sus patitas me miró con cara de “no me lo recuerdes” y a continuación con la otra patita me indicó que la siguiera.

- Ardilla... que te quede muy claro que hoy no pienso ir a Getafe, ¡tengo cosas más importantes que hacer!-

Pero tiró de mi pantalón con tanta fuerza, que casi me sacó del banco. Puso sus brazos en jarra y pateó rítmicamente el suelo, a la espera de que yo me pusiera en marcha.

- Está bien... tú mandas, deboranueces –

No me lo podía creer, de nuevo estaba siguiendo a una ardilla caprichosa por la calle, ¿cuántas veces podía ocurrirme algo tan extraño? No volvería a ese parque, era demasiado arriesgado mientras este bicho lo habitara.

Para mi sorpresa, esta vez no me condujo fuera de los límites del parque. Tal vez la había juzgado a la ligera. Tal vez solo quería jugar porque no encontraba a otras ardillas en este parque y se aburría, tal vez... No, ¡tal vez no! ¡La ardilla había organizado una fiesta al lado del mamut! ¡Con todos sus amiguitos del zoo! Todos ellos preparados para la ocasión, con sus capirotes, sus matasuegras, sus collares de colores...

Y no era eso lo más impactante. Lo que más me llamó la atención es que parecían estar esperándome. Allí estaban la gatita de angora trabajadora, que abrazaba con fuerza al lobo del Eixample, que intentaba reprimir sus instintos y no comerse al canario de la Meridiana, que contemplaba anonadado al armadillo de México, que ofrecía un burrito a la ratita de Escudellers, que no dejaba de reír viendo cómo discutía el cuervo del Carmelo con el loro Cibyll Shepherd, que intentaba tirar de la cola del mapache de Getafe, que asustaba con una piraña disecada a la ardilla de la Ciutadella, que otra vez se me agarraba al pantalón temblando sin parar, y servidora, que a lo tonto había conseguido escribir un cuento de navidad...

¡FELIZ SARTÉN A MI ZOO FAVORITO!!






martes, 15 de diciembre de 2009

El villancico más bello y triste jamás cantado

Si Shane McGowan no hubiera bebido tanto a lo largo de su existencia, si Kirsty McColl no hubiera puesto el contrapunto con su voz de terciopelo, tal vez esta canción no hubiera podido expresar con tanta nitidez la amargura y los sueños rotos de una pareja de loosers en una fría nochebuena neoyorkina.

Feliz Navidad, queridos, a vosotros y a todos vuestros sueños rotos.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Para el lobo Julián

Y que se entere Toronto, es Popocho y no "Pochocho"...


martes, 17 de noviembre de 2009

Aunque...

Qué le voy a hacer. Gracias a Dios lo lúdico siempre acaba ganando terreno y a mí los bajones me duran más bien poco. Sandunguera que es una.
Le dedico este apunte, muy en especial, a mi querida Abutrí, que pa sandunguera, ella.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Tonta

Esta tarde estoy tonta. Y triste. Y no salgo de casa para olvidarme de lo tonta y triste que estoy. Así que lo único que me da un poco de consuelo en esta tarde tan tonta y triste es escuchar una canción tonta y con cierto aire triste como esta...


domingo, 4 de octubre de 2009

Nuevas Aventuras


No hay nada como las improvisaciones, las cosas inesperadas. Sobre todo, las que una no espera de sí misma. Si alguien me hubiera dicho dónde iba a acabar después de un día de barbacoa, no me lo hubiera creído. Y no, esta vez la cosa no tiene que ver con un hombre ni una nueva experiencia erótico festiva. Sino con... 22 hombres. Y una pelota. Para todo hay una primera vez en la vida y yo ese día tuve dos: Mi primera vez en el Camp Nou y mi primera vez en un partido del Barça. ¡Chispas!


El Camp Nou no lo había visitado yo ni para ir a ver un megaconcierto y al Barça solo lo había visto en la tele. Aparte de eso, mi único contacto con el mundo culé se limitaba a una vez que me estrellé contra Guardiola, literalmente, en un centro de ocio, hace ya unos cuantos añitos y cuando él era todavía jugador y una auténtica estrella.


¿Y qué impresiones saqué yo de aquel día?


- Que el Camp Nou es muy verde.


- Que huele a bocata de atún o de tortilla de patatas.


- Que sin un locutor comentando las jugadas tenía una extraña sensación de soledad entre la masa, solo perturbada por un señor que no dejaba de increpar a Sergio Busquets.


- Que Puyol se mueve mucho y desde donde yo estaba, se le reconocía por la melena.


- Que al principio me decepcioné un poco porque no estaba Piqué. Con este sí que me di cuenta de que no estaba porque es muy alto y rubio (como la cerveza) y en el campo no había nadie con esas características, (Ibrahimovic es alto pero no rubio, como la cerveza negra). Al final el bigardo salió en la segunda parte y fui feliz.


- Por otra parte, me llevé una agradable sorpresa con la persona que me invitó. Los dos somos igual de tímidos y aunque creo que existe simpatía mutua, nos cuesta un poco hablar cuando de repente nos hemos encontrado a solas. Pues nada de eso. Ver el partido con él fue fantástico, porque tiene un maravilloso sentido del humor y el partido, que resultó ser muy aburrido, con sus explicaciones fue mucho mejor.


Ala, ya está, ya he escrito algo. A ver si así dejáis de reñirme un rato...

miércoles, 29 de julio de 2009

Haraganeando


Y en fin, ha arribat l,hora dels adéus…

Es mi última tarde en Paris y no estoy haciendo nada. Pero por esta vez, no me siento culpable, porque en todo este mes no he parado ni un minuto. Cada vez que no sabía qué hacer, no tardaba ni cinco minutos en obligarme a encontrar algo y ponerme en marcha. Solo tenía un mes y no me podía permitir el lujo de perder un instante. Un día en Paris ha sido como una semana entera en Barcelona y tengo la sensación, a pesar de lo deprisa que ha pasado el tiempo, de que no hace un mes sino un año que estoy aquí.

Ahora espero una llamada que no sé si se producirá y tampoco me importa demasiado. Saldré un rato de todos modos, a cenar algo o a tomarme una copa. Lo bueno (o lo malo, según se mire) de esta ciudad es que estar solo no es ningún estigma. Hay un montón de gente así y no es raro encontrarla en las terrazas acompañados únicamente de su cerveza y un libro. También hay mucho solitario que se ha ido totalmente de la bola, pero creo que eso es normal en las grandes ciudades. Es fácil perderse en la multitud.

No sé qué más añadir, quisiera ser muy trascendental en este momento, pero es imposible, porque si hay algo que no he sido durante todo este tiempo es trascendental. Desde el primer día comprendí que no tenia tiempo para eso. Y aun siendo consciente de que estoy de vacaciones y por lo tanto en un auténtico globo, tengo la respuesta a la pregunta que le hice a Paris en mi primer texto: Et toi, Paris, tu m’aimes?

Pues creo que si, no sé como definirlo, pero Paris me envuelve y me hace sentir muy… mujer, muy attirant. En la vida me han mirado tanto ni del modo en que me miran aquí…

Asi que, con todo el dolor de mi corazón, me despido de ti, Paris, pero como bien sabes, todas las historias de amor acaban en un momento u otro. Y la nuestra es la mejor historia de amor que yo haya tenido en mi vida. Je t’aime, ouiii, je t’aimeee, dudududu dudu dudu dudu du du…

domingo, 19 de julio de 2009

Momentos “Ser”


No, estos momentos no son en los que me paro a planchar mientras escucho la famosa cadena de radio. Para nada. Según mi amigo Martín, a mi, no me hace falta hacer nada para resultar cómica, solo tengo que “ser”. Y en fin, tenia que ocurrir algún día y el momento llegó el 16 de julio. Me caí. Espectacularmente. Creo que es el tercer o cuarto “accidente” desde que he llegado. El primero fue el Mortadelo que se abalanzó sobre mi en la calle Mercadet, al más puro estilo Pepe le Pew. Si es que a eso se le puede llamar accidente. Mi sobresalto, al menos, fue mayúsculo. El segundo fue el cabezazo que me di tumbándome en el sofá con… Esto ya lo explicaré en un capítulo aparte, so perras. Creo que aun tengo el chichón.


Pero nada comparado a mi súbito encuentro con el trotoir parisino. Esa especie de canalones traicioneros de las aceras de esta ciudad. Así debió morir Stiv Bators, seguro que no estaba drogado, sino que tropezó y tuvo menos suerte que yo. De todos modos, creo que solo me vio una chica que llevaba un bebé en brazos y que me miro con cierta compasión…



Bonjour, Tristesse, 14 de julio


















Oh, la grandeurrrr



El día de la fiesta nacional fue el único día triste que he tenido desde que llegué a Paris. El único día que sentí el peso de la soledad. El único en el que me sentí abandonada. Aun así, no quería quejarme después de haberme lanzado de cabeza a experiencias que no tenían por qué salir bien. Así pues, decidí regalarme una buena cena en un lugar tranquilo, casi vacío. Ese día, por la calle solo veías a militares y turistas igual de perdidos. Los parisinos habían desaparecido. Yo misma, lo había hecho en la víspera (casi de forma involuntaria), fui a un lugar llamado Richeville y no volví hasta la mañana. Comí con Hervé, me desahogué un poco con él, fui a ver La Panthere Rose, con un profundo dolor de cervicales. Paseé desde el 9ème hasta el 6ème y al final me detuve en la plaza Saint Georges, en la terraza de un restaurante griego. El momento del día que decidí que ese día tenia que ser tan bueno como cualquier otro. La lección de que la felicidad de uno no depende de los otros ya la aprendí hace un buen rato. Con todo, hay cosas que nunca dejaran de dolerme, porque lo mucho o poco que haya aprendido tampoco me ha hecho de piedra.

La cena no me sentó muy bien. Tenia la regla y tuve que volver a casa y perderme los fuegos artificiales de la Tour Eiffel. Pero… Desde la ventana de esta buhardilla de Montmartre, hay una vista esplendida y pude ver a lo lejos los fuegos de alguna parte de la Banlieu. Me fui a dormir tranquila, con otra lección que también aprendí hace tiempo, una mala noche la tiene cualquiera.

viernes, 10 de julio de 2009

Il pleut



















Martes, 7 de julio


Llueve en Paris, muy fuerte y yo sigo con la agenda desorganizada. Ahora me protejo de la lluvia en el “tinao” de una tienda pija de la Rue de Saint Honoré. A mi lado, bolsas de loneta en diferentes colores que costaban 75 euros rebajadas a 38. Siguen siendo igual de feas y siguen teniendo el mismo aspecto de poder comprarse en cualquier mercadillo. No he escogido el mejor barrio para un día de lluvia. Solo lo es para gente como Lady Di y mira como acabó.

miércoles, 8 de julio de 2009

La Estación de Chatelet
















Si habéis estado en Paris, es bastante probable que conozcáis la estación de Chatelet. Uno de esos puntos de confluencia de varias líneas de metro, tren y miles y miles de personas de camino al trabajo o a donde quiera que vayan. En todas las ciudades suele haber una o varias estaciones como esta. Un lugar en el que, si no estás demasiado acostumbrado a las multitudes, puedes sentirte muy, pero que muy pequeñito e intimidado, con ese transbordo con cuatro pasillos diferenciados, dos pasarelas correderas, de un solo sentido (si no lo tienes en cuenta, corres el riesgo de morir pisoteado).

La cuestión es que me trasladaba yo por una de esas pasarelas, contemplando la marea humana mientras intentaba no despistarme demasiado, cuando se me paso por la cabeza la imagen de una pastora de cabras de, pongamos, el monte Atlas a la que de repente dejaran abandonada allí en medio. Con las cabras.

Como la imagen me hacia tanta gracia, al llegar a casa de Hervé, el amigo que me tiene alojada, se la expliqué. Y él, muy tranquilo, me contestó que si en los Champs Elisés plantan trigo y en el Sena se montan una playa en verano, tampoco sería tan raro que un rebaño de cabras se estableciera en la estación de Chatelet. Qué nostalgia de la naturaleza, por Dios.

domingo, 5 de julio de 2009

Femme à Lunettes














Mi primer poyete parisino


Viernes, 3 de julio


Primeras impresiones


Antes que nada, pido perdón por los posibles errores ortográficos. Escribo con un teclado no preparado para la lengua castellana y el corrector de Word hace lo suyo hasta donde puede.


Por supuesto, he dormido fatal, estaba demasiado inquieta. Con el miedo a lo que vaya o no vaya a hacer durante este mes. El miedo a perderme, al igual que en mi anterior visita a Paris, era infundado. Los nervios han ido desapareciendo en cuanto el avión ha aterrizado. Qué fina es Air France! Creo que perfuman el interior de los aviones. Salía un humillo de los conductos de ventilación (pelin inquietante en un primer momento) que no recuerdo haber visto en otras compañías. Seguro que era perfume!


De momento, la gente es amable conmigo. No he tenido la oportunidad de comprobar la famosa mala leche parisina. Será que yo viajo a un Paris paralelo, de una Francia paralela con franceses paralelos?


Cuando he subido al tren, a pesar de la duda constante de si me había equivocado de línea, viajaba tranquila, revisando el mapa de los transportes y entonces, por la ventana, he visto dos mariposas. Dos mariposas francesas. Qué redundancia ser mariposa y ser francesa! A mi, por ejemplo, no deja de sorprenderme que haya futbolistas franceses… Esa profesión tan machota. En fin…


Y ya con la calma que me ha proporcionado ver que entendía las indicaciones del aeropuerto, del tren, del metro, he llegado a Jules Juffren hacia las dos de la tarde. Me he parado a fumar un cigarro (de la victoria), he enviado un sms a Hervé y he ido a comprar un bocata con la intención de comérmelo en uno de los bancos que hay a la salida del metro, pero estos habían sido ocupados por los primos parisinos de Eleanor Rigby. Así que he decidido probar suerte y encontrar un rincón íntimo donde pudiera comer tranquila. No he tardado nada. A la salida del metro hay una iglesia y en una calle lateral hay una especie de poyete, donde sigo, observando al personal con discreción, no sea que reciba una paliza como la que le dan a Steve Buschemi en Paris, Je t’aime. Et toi, Paris? Tu m’aimes?


Ya veremos.

jueves, 16 de abril de 2009

Mágico

Lo malo de caer en una telaraña no es que la araña te devore. Lo malo es que ésta te deje envuelta en la telaraña agonizando y se vaya a tejer otras telarañas por ahí.

Y así fueron los meses siguientes después de conocerle: Una agonía. Y sin embargo, un hechizo.

Y es que este muchacho podría haber sido un miembro del rat pack, podría haber sido como el protagonista de un anuncio de Martini, podría haber sido el galán de cualquier comedia de enredo. Podría ser Casanova saltando desde un balcón veneciano... Puro encanto, atractivo y simpatía.

Y a mí me hubiera ido mucho mejor si después de aquella noche hubiera sido como Holly Golightly y no como Doña Inés. A Holly no le hubiera afectado mucho porque ya conocía a unos cuantos así. Pero para Doña Inés hubiera sido el primero en envolverla en una red de seducción semejante.

Lo que pasa es que, a pesar de mi doñainesismo, siempre he tenido un lado muy práctico y me pasé una larga temporada furiosa, ideando la forma de escapar de la telaraña. Por supuesto, ninguna servía y esto era algo que me hacía sentir terriblemente impotente. Escribía y escribía sin cesar, releía lo escrito para recordarme a mí misma lo fuerte que era (¡Mentira!) y en un acto de desesperación total, llegué a quemar todo lo escrito... Es una lástima, porque me está costando mucho escribir esto y me hubiera resultado bastante útil recoger toda la información que tenía repartida por diversos cuadernos y que no era poca.

También indagué todo lo que pude sobre él. Aparte de ser un hombre multidisciplinar y del que podía conseguir muchos datos a base de googleo, teníamos muchos conocidos comunes que me iban soltando alguna que otra novedad. Estas deberían haberme servido para deshacer el hechizo, ya que nada de lo que me contaban reflejaba precisamente la imagen de un caballero de reluciente armadura, sino la de un tipo sentimental, pero bastante atolondrado.

De algún modo, poco a poco, me fui liberando de la telaraña. El tiempo pasa, lo cura todo, lo pone todo en su sitio, un clavo saca otro clavo (y una decena de clavos aún más...). Su recuerdo se fue suavizando hasta convertirse en eso mismo, un recuerdo, y no el motor de mi vida.

Me reencontré con él en una de esas fechas señaladas. Apenas fueron dos minutos, apenas pude entender lo que me decía. Pero vi su sonrisa, su mirada clavada en la mía y el calor que transmitían sus manos al sujetar mis brazos de un modo sorprendentemente afectuoso. Suficiente para saber que las cosas no hubieran podido ser de otra manera. Holly también hubiera caído.

viernes, 10 de abril de 2009

38

Hace ya tiempo que tengo ganas de escribir sobre un tema concreto. Lo que ocurre es que es un tema personal y me da como reparo explayarme demasiado al respecto. Pienso en cómo abordar el tema y al final, acabo por no escribir nada.

Yo he tenido treinta y siete amantes. Casi tantos como años tengo. Bueno, creo que son tantos como esos si es que no me he olvidado de alguno que fuera muy olvidable. Aunque por otra parte, recuerdo bastante bien a algunos dignos de ser olvidados.

Así pues, se me ha ocurrido que lo que haré será escribir treinta y siete adjetivos, y si alguien siente curiosidad por alguno de ellos, haré un pequeño relato al respecto y sin dar nombres, por supuesto. Solo tenéis que perdírmelo.

Así pues, sin más dilación, paso a adjudicar un adjetivo de forma totalmente subjetiva, y tal vez injusta, a todos y cada uno de los hombres que han pasado por mi cama, bueno... no necesariamente. Por mi entrepierna. No, tampoco. Bueno, ¡ya me entendéis!

Por cierto, que el relato se llama 38 por un error de cálculo...

1. Inexperto
2. Macarra
3. Cerdo
4. Negro
5. Borracho
6. Bajito
7. Chulo
8. Mexicano
9. Pelmazo
10. Separado
11. Fantasma
12. Mágico
13. Moderno
14. Joven
15. Absurdo
16. Falso guapo
17. Hipócrita
18. Máquina
19. Francés
20. Ocupado
21. Casado
22. Aburrido
23. Simpático
24. Decepcionante
25. Anal
26. Misterioso
27. Animal
28. Básico
29. Frustrado
30. Divertido
31. Bello
32. Curioso
33. Increible
34. Raro
35. Eficaz
36. Sorprendente
37. Artista

martes, 23 de diciembre de 2008

Me sigue una ardilla

Dedicada de todo corazón a Toronto, primer y único seguidor oficial de este blog...

Cuando tengo un momento libre me gusta ir a dar un paseo por el parque, sentarme a leer, fumar un cigarro, mirar a la gente... Los parques de esta ciudad son pocos y no demasiado espectaculares. No son como el Central Park o Hyde Park. Aparte de los perros con sus amos, los pájaros o algún gato furtivo, es difícil ver algún animal. Tienen miedo y no les falta razón. No es el nuestro un pueblo al que le caracterice el amor por la fauna y sí por las muchas y variadas formas de inflingirle torturas más o menos sofisticadas.

Así que mi sorpresa fue mayúscula aquella mañana de otoño en la que, como he mencionado antes, salí a darme un paseíto por el parque de la Ciutadella. Me había sentando en un banco y leía el periódico, despreocupada y ajena a lo que me rodeaba. Hasta que, de repente, me pareció ver unas patitas peludas por debajo del periódico. Levanté la vista por encima de éste y comprobé que enfrente mío una ardilla me observaba con atención.

- Ui, hola, ardilla, ¿qué haces tú aquí? -

Imaginé que tal vez había escapado de la casa de alguien a quien le gustara tener bichos poco convencionales en casa. Y para poco convencional, esta ardilla, que se acercó a mí y con una de sus "manitas" tiró un poco de mi pantalón para después retirarse unos pasos y seguir mirándome.

- ¡Qué graciosa eres! ¿Quieres que juegue contigo?-

Me puse en pie y me acerqué hasta donde estaba ella. Volvió a repetir la operación: me tiró del pantalón y se alejó unos pasos. Y así una vez y otra vez hasta que llegamos a la salida del parque.

- Ahora querrá volver adentro - Pensé. Pero no, siguió tirando y tirando del pantalón por el largo paseo que llevaba hasta la estación de Arc de Triomf ante la atónita mirada de los viandantes, a los que yo miraba encogiéndome de hombros y con cara de "a mí me encontró en la calle".

Cuando llegamos a la estación de tren pensé que ahí se acabaría la aventura, que mi pequeña amiga se asustaría y saldría corriendo hacia el parque. No, de nuevo no. Tiró del pantalón y bajó las escaleras de la estación, desde donde me observaba con una expresión como de "¿a qué esperas?". En fin, era festivo y tampoco tenía nada mejor que hacer.

Ya estábamos en las taquillas y comprendí que quería que las pasáramos. Saqué mi abono y recogí a la ardilla del suelo.

- Será mejor que aquí te lleve yo. Podría pasarte cualquier cosa- La tomé en brazos, pero no permaneció muy tranquila. Pasó todo el viaje con el morro pegado a la ventana, inquieta, ¿a dónde quería ir? No tardé en saberlo. Nos bajamos en la estación de Sants donde corrió escaleras arriba hasta el acceso al AVE.

- No es posible... Mira, roedora... ¿las ardillas sois roedores, no? En fin, da igual. Si lo que quieres es ir a Madrid, estupendo, ¿pero no pretenderás que...? -

Pero ella bajó las orejitas y me miró con tanta tristeza que casi me rompe el corazón.

- Bueno, vale... Pero antes tendremos que comprar el billete. Si lo hacemos, lo hacemos bien. -

Dio unos saltitos como de alegría y compramos el billete. El tren no tardaría en salir y yo no podía creer en lo que se había transformado mi tranquila jornada de lectura. De perdidos al río. Al Manzanares, en concreto.

Una vez en el tren volvió a pegar el morrillo en la ventana. Parecía emocionada y feliz, y de tanto en cuando me tiraba de la manga para que yo también viera alguna cosa que llamaba su atención. Era como viajar con un niño de cinco años.

Y llegamos a la estación de Atocha, donde volvió a su rutina del tiro del pantalón.

- Bueno, ya estamos aquí... Imagino que por lo menos querrás ir a la Casa de Campo, ¿no? ¿Tu familia está allí? -

Pero no, tras la consabida compra del billete, la ardilla me condujo hasta un andén donde tomamos un tren en dirección a Parla.

- ¿Parla? ¿Quieres ir a Parla...? -

No. No era a Parla el destino del animalito. Cuando llegamos a Getafe Centro volvió a tirar con una fuerza inusitada del pantalón. Y aquí el viaje se convirtió en una carrera. Subió la escalera mecánica a toda pastilla, como ardilla que lleva el diablo. Yo corría tras ella, temiendo que algún viandante la pisara sin darse cuenta o que un coche la atropellara. Corrí y corrí tras ella por las calles de Getafe y la gente miraba y reía y yo con mi cara de "a mí me encontró en la calle", pero sin resuello. Y de repente se detuvo.

Bajé la cabeza y apoyé las manos en las piernas para recuperar el aliento. Era invierno pero sudaba como si hubiera atravesado el desierto. Cuando levanté la vista pude observar que estaba delante de un bar con un cartel que decía "El Soportal".

- Qué bien... con la sed que tengo... -

Al entrar en el bar vi que la ardilla estaba encima de la barra, al lado del surtidor de cerveza que... chupaba con cierta fruición. La cerveza se le derramaba por las comisuras de la boca y bañaba su peludo cuerpecillo. El camarero permanecía inmóvil y boquiabierto con un plato en la mano que había contenido una ración de panceta, ahora en el suelo. Me acerqué a la ardilla y durante unos segundos la observé en silencio.

- ¿Se puede saber qué estás haciendo? -

Ella paró de beber, se limpió la boca con la manita y, tras tomar aire, me preguntó con un fuerte acento del Alt Empordà:

- ¿Tienes un gelocatil? -

jueves, 18 de diciembre de 2008

Apatía

... Primer intento. Resultado: nada.

... Segundo intento. Consigo escribir lo que hasta aquí se puede leer.

Se acaba el año y parece que con él se va también la poca energía que me quedaba. Tras varios meses de caos emocional y de tomar la firme decisión de acabar con todo aquello que me robaba tiempo, concentración y energía, me encuentro con que no me queda nada... Excepto la percepción de estar en medio de un páramo, mirando a un lado, mirando a otro, para adivinar cómo salir de aquí. Pero solo oígo a un buho ulular (hermoso verbo). Y estoy paralizada. Y no tengo miedo, pero tampoco siento ninguna otra emoción. Sólo sé que estoy aquí, concentrada en mi inmovilidad. Sabiendo que lo único que tendría que hacer es ponerme en marcha. A algún lugar llegaría. Pero sigo mirándome los pies, y el buho no me dice nada porque esto no es una fábula. No hay moraleja. Solo hay inmovilidad. Por eso este texto acaba justo aquí.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Winterville y Summertown

La chica de Winterville y el joven de Summertown se conocieron en un crucero por Springfield. Ella jugaba con un balón hinchable al borde de la piscina, con su biquini blanco de lunares rojos. El joven de Summertown la miraba extrañado, sentado en una tumbona, protegiéndose del fresco – que él sentía – con su blazer, su cuello cubierto por un pañuelo anudado a modo de corbata y una mantita ¿Es que no tenía frío? Mírala, encima ahora se lanzaba sonriente a la piscina como una especie de misil pequeño y redondo. La muy inconsciente, se va a resfriar...

¡SPLASH!

¡PERDÓN, SEÑOR!


La muy perra, ¿por qué estaba tan feliz? Los únicos seres con menos ropa en el mundo eran los miembros de algunas tribus del Amazonas, y allí estaba ella, venga a dar volteretas y grititos, revolcándose como un cerdo en el barro.

- Señor, lamento haberle puesto perdido, ¿cómo podría compensarle?

- ¡Vistiéndose, descarada! ¡Y deje de salpicarme!

- Pero con lo rica que está el agua... vamos, anímese y venga a darse un chapuzón conmigo.

- ¡No! ¡Hace mucho frío!

- ¿Frío? – Pensó la chica de Winterville – Se va a enterar este de lo que es el frío... Muy bien, pues lo arreglaremos de la siguiente manera: le invito a pasar un fin de semana en mi casa, donde será tratado con el debido respeto y atención.

El joven aceptó la invitación y semanas más tarde tomó el expreso que recorría la distancia que separaba las dos ciudades. Durmió durante todo el trayecto, hasta que una intensa sensación de frío lo despertó. Se asomó a la ventana, descubriendo un paisaje semejante al de una postal de Laponia. En el andén apreció la figura de la chica de Winterville, esta vez vestida con un abrigo rojo, unos manguitos y un gorro de piel. Parecía un personaje del Doctor Zivago. Seguía sonriendo... ¡El frío no es gracioso!

La puerta del tren se abrió y la más que baja temperatura heló hasta su última gota de sangre.

- Mire, señorita, de veras que agradezco mucho su oferta, pero si doy un paso más, moriré. De todos modos, deseo agradecerle su invitación. ¿Por qué no viene usted a verme a mi finca en Summertown? Le prometo que será bienvenida y le dejaré chapotear todo lo que quiera en mi piscina.

Algo desconcertada, aceptó la invitación y contempló cómo el tren se perdía en la lejanía.

Pasaron unas semanas y la chica de Winterville realizó el trayecto inverso. Al contrario que el joven de Summertown, permaneció despierta durante todo el camino, observando el cambiante paisaje, emocionada ante la perspectiva del chapuzón en la piscina.

El joven de Summertown llegó un poco tarde a la estación de tren. El expreso que llegaba de Winterville ya había partido, pero imaginó que la chica lo esperaría. Miró a un lado y a otro, pero no vio a nadie. De repente, algo en el suelo llamó su atención. Había un charco con algo que parecía un trozo de tela. Se acercó y contempló que lo que había sobre el charco era un biquini blanco. Con lunares rojos.

sábado, 13 de diciembre de 2008

El Efecto Vacaloura


Basado en hechos reales...

Yo, muy bien ya no estaba cuando decidí tomarme aquellas infaustas vacaciones del verano de 2002. Y mira que ya me habían avisado mis parientes y amigos: que no tienes la suficiente madurez emocional, María -que no tenía la suficiente madurez intelectual, me decían los más bordes-, que lo vas a pasar mal, que a saber a qué se dedicará tu amigo ese, que esto no te va a traer nada bueno, que tú no eres nada competitiva... pero yo erre que erre, que más se perdió en Cuba que vosotros no lo conocéis, que es muy buen muchacho pa sus cosas. Yo qué sé, sólo quería irme de vacaciones.

La cuestión es que algo raro me olí yo cuando bajé del tren, y no es que sea especialmente intuitiva. En la estación de tren de Santiago de Compostela me esperaba mi amigo Barto con una amplia sonrisa y algo que parecía un bebé envuelto en una toalla blanca y que mecía suavemente entre sus brazos. "¡Caramba con Bartolo!" -pensé- "¡si que le cunden las visitas a esta santa tierra!". Imaginé que el año anterior algún pendón compostelano se lo habría camelado y ahora se veía obligado a ir de un lado a otro cargando, cual gitana de Rumania, con un churrumbel. Aún así, se le veía radiante y me abstuve de proferir ningún comentario hiriente, ya que un padre primerizo puede ser un elemento muy sensible.


A medida que me acercaba al mozo, percibí que el objeto que con tanto amor acunaba tenía aproximadamente el tamaño de una mancuerna de dos quilos. Pequeño para ser un bebé... humano.

-"Qué bonita que es mi niña, qué bonita cuando duemme, que parece una amapola entre los trigales verdes..."-

Lo que faltaba, no sólo era padre, además era tonadillero.

-¿Barto?-

-¡María! Mira, Negra Otero, mira quien ha venido, ¡la Tita Mari!-

¿Tita Mari? ¿Ésa soy yo? ¿Negra Otero? ¿Estoy empezando a tener miedo nada más llegar? ¿Tenían razón mis amigos y familiares y aquel viaje tenía más peligro que una visita guiada a la central nuclear de Chernovil? Eran demasiadas preguntas para una recién llegada adormecida. Aún así, como soy muy educada, le mostré la mejor de mis sonrisas al resplandeciente Bartolo, le di un par de besos en sendas mejillas y mirándole con cara de "tú ya sabes que me tienes pa lo que quieras en estos momentos tan difíciles", me incliné suavemente para reconocer a su criaturita, y en ese mismo instante, creí morir: Lo que Barto mecía con tanto cuidado era una especie de escarabajo negro y enorme, poseedor de unas enormes pinzas frontales y que yacía patas arriba.

- Negra Otero, Negra Otero, dale un besito a la tita Mari, perdónala, hija, es que me ha salido más tímida... -


Queriendo entender que no hablaba en serio, le seguí la corriente y con tono jocoso le contesté:

-Deja, deja, ya sabes como son los críos, cuanto más les fuerces a hacer una cosa, más se rebelan-

-¡¡¡Cri-cri-cri!!!!-

-¡Ole mi niña, si ya dice sus primeras palabras! ¿Oyes, María, cómo dice "papi, papi”? Acércate, mujer, cógela si quieres-

-No, deja, no tengo prisa... si hay más días que sartenes-

-¡Porra, no seas tímida!, fritico me tenéis entre la niña y tú, ¡tanta timidez, tanta timidez!-

-No es una niña... –

-¿Cómo dices?-

- Para ya, hombre, ¿no ves que...?, ¡ui, qué ruido hace!-

-¡¡¡Cri cri cri cri!!!-

-¡Negra Otero!, como no le des un beso a la tita Mari, me saco la chancla y te pongo las tenazas del revés, tú tranquila, que no le sirven pa na-


Como ya he mencionado, no quería herir sus sentimientos
paternozoofílicos y me incliné sobre el bicho con una -más que forzada- sonrisa.

-¡Dios mío... ay!!!, ¡Se me ha agarrado a un pezón!!!-

-Discúlpala, es que a esta hora le suelo dar la merienda, y claro, la pobretica debe estar con hambre-

Reí histéricamente.

-Me irás a decir ahora que la cosa esta mama... -

-Oye, oye, un poco de respeto. "La cosa", como tú le llamas, tiene un nombre. Y no, mamar no mama, secciona. Pero no seas así, mujer, ¿no ves lo bonita que es?-

- Lo que tú digas, pero que se me suelte que... ¡¡¡¡ ay, quita, bicho!!!-

-Negra Otero, que no te lo tenga que repetir, Negra Otero es su nombre-

Asustada, yo, ya lo estaba y eso que no sabía que lo peor estaba por llegar, que aquella visita es lo más parecido a una de esas películas de terror americanas para adolescentes que he vivido en mi vida.

Después de un paseo por las calles de Santiago, en el que Bartolo me hizo llevar la maleta en la boca porque si no "Negra Otero se pone muy nerviosa", llegamos al hospedaje donde Bartolo y su vástaga vivían su extraña existencia. El primer sobresalto me lo llevé con la dueña, que me recibió con sin igual desenfreno.

-Ay... eres la hija que nunca tuve... son 15 euros por noche, ¡puta!-

En ese instante, tal vez asustado por el agudo tono de voz de Maruxa, el escarabajo saltó de los brazos de Barto y emprendió su huida pasillo a través. Por su parte, Barto salió corriendo detrás mientras lloraba amargamente.

-Mi niña, ay, ¡mi niña!, que está en la flor de la vida y algún vicioso me la va a desflorá... -

Así que quedé a la suerte de la Señora Maruxa, una gallega de pequeña estatura y enorme esquizofrenia que ora me comía a besos, ora me corría a alpargatazos. En una sus fases pacíficas me acompañó hasta el cuarto donde Bartolo dormía, mientras subíamos las escaleras, dos escenas llamaron mi atención: la primera transcurría en uno de los cuartos de baño, donde un hombre pequeño, de apariencia sombría, recolectaba pelos en un cuarto de baño y por cada pelo que añadía a su colección, emitía un gritito ahogado como de placer. Aunque algo asqueada, incliné la cabeza en señal de saludo, pero el personaje cerró la puerta de una patada. Después, en
el sofá de lo que parecía ser un salón familiar, se sentaban dos hombres. Uno de ellos, de unos treinta años, con acento brasileño y aspecto de seminarista, aleccionaba al otro, de unos cincuenta años, cabello muy blanco y que abrazaba con aire ausente una foto enmarcada de Juan Pardo, acerca de los poderes curativos de los percebes, especialmente si estos se comían sobre una gaita hinchada.

-Outra cousa te hinchaba yo a ti, maricón... -

-¡¡¡¡UUHHHH!!!-

-Aquí todos nos queremos mucho, este es un ambiente muy familiar, bonita - dijo Maruxa -Te vas a sentir como en casa, cerda, ¡ni se te ocurra mirar a mi marido! - añadió, refiriéndose al hombre que abrazaba la foto de Juan Pardo.


A menudo remanso de paz y fraternidad me había traído Bartolo. Aún así, conservé el espíritu bien alto ante la expectativa de conocer la ciudad, y por qué no, de comerme un buen pulpo a feira, pero me duró poco, Bartolo entró en la habitación con Negra Otero en brazos y solemne, pronunció las siguientes palabras:

-Aquí, la verdad, comemos poco, mi Negra otero es de lo más frugal y yo he decidido seguir su ejemplo: Nada de empanada, nada de pulpo, nada de ribeiro, que se me pone todo en los muslos- y esto lo decía mientras el bicho destrozaba con sus fauces un libro de gramática gallega. Bartolo la miraba embelesado.

-Qué aplicada que es..., mira como estudia-

-¡Te está destrozando el libro, Barto!- Contesté alarmada.

-No, mujer, lo que ocurre es que estudia con ahínco-

De lo que fue un libro de texto ahora sólo quedaba una pelota de papel que Negra Otero empujaba de un lado a otro de la habitación, y unas hojas rotas y sueltas por el suelo. Sin avisar, entró Maruxa en el cuarto arrastrando un pequeño colchón y unas sábanas que, con su brusca amabilidad, arrojó sobre mi persona. Caí en una esquina del cuarto, y durante unos segundos en los que no conseguí ver nada, llegó a mis oídos la siguiente conversación:

-ZIIIP-

-¡Maruxa, que te pierdes!-

-¡No eres guapo, pero pareces gallego!-

-¡Suelta eso, aaayyy, Negra Otero, ataca!-

-¡No te me resistas, morenu!, ¿Qué es esto?, ¡Dios nos asista, vacalouras, haberlas, haylas!-

-¡BAM!-

Cuando conseguí deshacerme del lío de colchón y sábanas, vi a Barto sentado en su cama, despeinado y subiéndose la bragueta. De un salto me arrebató el colchón y las sábanas, y sin mediar palabra, improvisó una cama en el suelo en menos de 30 segundos.

-Y ahora, a momí y a callá-. Se abrazó a negra Otero y cerró los ojos, acabando con cualquier intención mía de establecer un poco de conversación que tuviera un mínimo de lógica, algo que no había ocurrido desde que había pisado la capital gallega.

Yo, la verdad es que mucho sueño no tenía, pero dónde fueres... ya se sabe. Así pues, me dejé caer en el colchón. Me sentía muy cómoda y sentí que estaba mucho más cansada de lo que creía. Poco a poco me fui relajando, oyendo como una lluvia suave golpeaba el cristal de la habitación, me arremoliné entre las sábanas, complacida por lo agradable de la situación. Tal vez todo lo que estaba ocurriendo era una broma de Barto, planificada en colaboración con todo el personal del hostal. Sí, tenía que ser eso.

Pero en este viaje las satisfacciones duraban muy poco. A través de la ventana entraba algo de luz vespertina y pude comprobar que Barto me miraba fijamente, aunque con un aire más que ausente. Preocupada, le pregunté si estaba bien, pero él no me dijo nada, sólo miraba. Alarmada, me acerqué hacia él para ver si respiraba y entonces me di cuenta de que en realidad no me miraba, sino que tenía los ojos en blanco y respirando con dificultad decía con una voz que parecía de ultratumba “y en el tercer día todos moriréis, todos, todicos, pecadores, jopús...”

No me dio tiempo a reaccionar a semejante profecía. Antes de que pudiera comprobar si Barto dormía o no, Negra Otero saltó sobre mi cabeza de un modo súbito y violento, dispuesta a hacer la gran pelota de su vida con mi cuero cabelludo. Iniciamos una lucha encarnizada mientras Barto seguía igual de agorero: “...y en el cuarto día” – tremendo jadeo asmático- “bajará el ángel negro y se hará pasar por Ernesto Sáez de Buruaga... iiiaaaagg... asín son las profecías y asín se las hemos contado”.

Yo ya lloraba de dolor y clamaba a gritos a Barto que por favor despertara, en un momento de lucidez conseguí asir las pinzas de Negra Otero y estiré de ellas hacia los lados con tanta fuerza que se las partí.

-¡CRI! Muerta soy... - y cayó redonda al suelo. Justo en ese momento Barto se reincorporó. Al ver el cadáver del escarabajo gritó: -¡Negra Otero!, ¿Qué te han hecho?, ¿Has sido, tú, verdad? Me tienes envidia porque he formado una familia antes que tú! -

-Bueno... es que me atacó... y tuve que matarla-

Empezó a llorar y a gritar mientras se retorcía por el suelo, y yo, que tonta del todo no soy, recogí rápidamente mis cosas y salí corriendo como alma que lleva el diablo, mientras oía los gritos de dolor de Barto a mis espaldas.

No paré de correr en un buen rato. Como estaba exhausta y no sabía muy bien dónde esconderme, me decidí a hacer autostop y en poco más de un cuarto de hora, conseguí que un simpático camionero me condujera hasta la frontera con Portugal.

Y allí sigo. Han pasado más de diez años y nada ha vuelto a ser lo mismo. Poco queda de la estudiante despreocupada y sin grandes obligaciones que se fue una semana de vacaciones y apenas estuvo tres horas. Ahora soy un ama de casa con pocas inquietudes y mucha faena. Me casé con el camionero que, mal hombre, no es, pero mira que tiene pocas luces y tuve un par de críos -de los de verdad-, que me dan más quebraderos de cabeza que otra cosa y que han salido tan inteligentes como su padre.

Mis amigos y familia aún me siguen recordando lo mucho que me advirtieron acerca de los peligros de este viaje, pero no me los saco de encima, ni de mi nevera, cada vez que les apetece darse una vueltecita por este lado de la península. Pero qué harta estoy de todo...

En lo que respecta a Barto, nunca más volví a saber de él, al menos como Bartolomé Mesa, traductor y lingüista, pero últimamente aparece mucho en los programas de variedades que pasan por la tele un personaje de lo más bizarro que se hace llamar "El Coplero Sideral". Este artista realiza versiones renovadas y bastante cutres de las coplas que popularizaron gente como Concha Piquer, Juanito Valderrama y otros de la misma cuerda. En los últimos dos o tres años se ha hecho extremadamente famoso, no sólo por sus dotes artísticas, sino por sus constantes enfrentamientos televisados con personajes tan bizarros como él, especialmente con un tal Alber T, "El gaitero políglota".

Tengo fundadas sospechas de que Barto es el famoso Coplero Sideral. A mí no me engaña, detrás de la gruesa capa de máscara en sus pestañas, de sus botas de plataforma hasta el muslo, de su melena cañí y de todo el lamé y la pedrería que luce, sé que es él: lo noto en ese tono de voz nasal, en la samba que se marca sin venir a cuento en cada una de sus actuaciones y sobre todo... sobre todo, en el relicario que cuelga de su cuello y que besa emocionado al final de cada uno de sus números, y en el que aparece la foto de un escarabajo vestido con bata de colegio. No, si muy bien ya no estaba...


jueves, 11 de diciembre de 2008

Dulce Pájaro del Uruguay

Mis amigos siempre me han dicho "escribe, niña, escribe" y yo siempre he reaccionado con cierta reticencia al respecto. Al fin y al cabo, tal vez lo lleve en la sangre, porque según mi padre, en el colegio le felicitaban "porque tenía la letra muy bonita", por lo tanto y siempre según su criterio, algo de él debo haber heredado.
Pero volviendo a los amigos y a su insistencia en mi supuesta vocación literaria, es en ellos en quien me inspiro cuando decido pasar más de diez minutos seguidos delante del ordenador.
La historieta que a continuación podréis leer está basada en mi amigo Martín y la escribí hace unos cuatro añitos. Está llena de chascarrillos y guiños privados, pero creo que más o menos puede entenderse... ¿no?


Debía correr el mes de mayo de 2004 y llegaba tarde a una cita. Me dirigía a toda prisa a la playa de la Barceloneta como alma que lleva el diablo, y la verdad, no sé a qué venía tanta premura. Al fin y al cabo, iba a encontrarme en la playa con mi gran amiga Marilyn Yogui, también conocida como Star Dona y que, tal y como este segundo nombre (artístico) sugiere, nunca se distinguió por su puntualidad. Sin resuello, llegué al encuentro de Marilyn que, contra todo pronóstico, había llegado puntual y quien, en ese momento, sobre una salida de aire del metro, dejaba que su falda fluyera libremente mientras alzaba los brazos cual dios hindú recitando un mantra. Todo muy espontáneo, vamos.


Pretendiendo que su conducta me resultaba de lo más corrientito, le saludé con un par de besos y un "¿qué tal estás?", me dijo que más en forma que yo y le contesté que, aún así, yo, seguía siendo más joven que ella.


Por un momento me pareció notar que echaba espuma por la boca, comenzó a levantar los puños y antes de que yo pudiera pensar "pies, para qué os quiero", su rictus de rabia se transformó en una dulce sonrisa, sus puños en dos gráciles mariposas que se extendían en el aire, sus ojos se cerraron (y el mundo siguió andando en estado de shock ante tal escena) mientras canturreaba algo que a mí me pareció así como "gonoooogorrooggooon" y se quedó más ancha que larga.


Después de este momento Alexis Carrington meets Dalai Lama, las aguas volvieron a su cauce antes de que las manos pudieran llegar a las faces de la vecina. Algo bueno debe tener el yoga que tanta paz proporciona a su belicoso espíritu...


Nos dispusimos pues a dar una vueltecita por la playa. El día era claro y soleado, pero todavía no hacía tiempo como para ir con las carnes muy descubiertas. A pesar de ello, Marilyn insistía en que me quedara en top-less. Nadie se bañaba, nadie llevaba traje de baño, nadie tomaba el sol, y aún así, según ella, yo era una cobarde, gallina, capitán de las sardinas por no querer tomar conciencia de mi propio cuerpo y bla, bla, bla...Yo le contesté que antes que la apertura estaba la sensatez y ella me contestó que antes de peinarse se comía un lichi, que pensara seriamente sobre el significado de semejante acción. Aún le sigo dando vueltas al asunto, no sé por qué, creo que se estaba quedando conmigo, pero como le da ese aire de trascendencia a todo lo que hace...


Cansada ya de intentar mantener el sujetador en su sitio, con escaso éxito, propuse a Marilyn ir a tomar unas tapitas, a lo que accedió gustosa, y acabamos en una linda plaza ante un par de cervezas y unas bravas, que parecieron bajarle al mundo real barcelonetero y una vez iniciado el descenso, antes de llegar a tocar el suelo, reprendió el vuelo y se subió a la mesa, donde se lanzó por rumbitas con letras tales como "cojo la cachimba y me pongo siego" o "y es que me paso el día de juerga, toda la noches sin descansá".


Los pobres comensales que nos rodeaban comenzaron, con ligeros carraspeos y miradas reprobatorias, a llamarnos la atención, pero Marylin se había metido tanto en su papel de Carmen Amaya del método que ignoraba por completo el malestar que a su alrededor estaba causando.


Sorprendentemente, justo cuando más intenso era el trance flamenquil en el que se había sumergido, paró en seco y otra vez, con una encantadora sonrisa me espetó:
-Te voy a presentar a alguien, ayúdame a bajar... ¡Pero qué pandilla de sosos!, ¡haced el favor de aplaudirme!-


Como respuesta sólo recibió el reinicio de las conversaciones salvajemente interrumpidas por su arte.


- Ellos se lo pierden...en fin, hoy vas a conocer un urogallo -


-¿Un qué? - Contesté sorprendida.


- Un urogallo, ya verás qué majo que es, mu limpio y mu buena gente -

Urogallo... ¿Eso no es un pájaro?... ¡Dios, qué nervios! ¿De qué iba yo a hablar con un ave?

-Y es pianista -

¿Cómo? Pero bueno, ¿es que me iban a presentar a un personaje de Barrio Sésamo? Es que esta Marilyn me mete en unos compromisos...

Así que, para que no me pillara desprevenida, empecé a buscar en mi memoria algún retazo de documental de la 2 en la que se hablara sobre el mencionado bicho mientras Marilyn gritaba desde la mesa a un punto que parecía estar al otro lado de la plaza:

- ¡MARTINSITOOOOOO, YUHUUUU!, ¡Ai, no me oye!, ya verás como ahora sí: ¡¡PRIIIIIIIIIII!! -

Vi como en un ventanal un personaje se asomaba algo asustado y agitaba su mano tímidamente en señal de saludo.

-Ya nos ha visto, ahora viene-

-¿Volando?- Pensé. No, bajó a pie, como los seres humanos, mientras, yo seguía recordando pasajes de los documentales de la 2 para que no me pillara por sorpresa:

"El urogallo macho es, sólo por su tamaño, inconfundible, aunque también puede adoptar una indumentaria más alisada: sin "perilla" y sin tornasol verde en el pecho."

Era, sí, inconfundiblemente macho, su indumentaria no sé yo hasta que punto estaba alisada ¡No le iba yo a preguntar si se había planchado la ropa, vamos! Por otro lado perilla no tenía y tornasol verde, ya te digo yo que no.

Se acercó a nosotras con cierta cautela, la verdad es que para pájaro no estaba mal. Hice lo posible por no armar mucho ruido, no fuera ser que se asustara y saliera volando o nos picara salvajemente.

"La hembra es mayor que un gallo de corral, y hasta levanta su vuelo estrepitosamente. Además, su cola es redondeada."

¿A ver si iba a ser hembra? ¡Mira que más grande que un gallo de corral lo era! Lo de la cola redondeada sigue siendo un misterio para mí...Cosas más raras se han visto en este valle de lágrimas...

Marilyn procedió a ejercer de maestro de ceremonias:
- María, éste joven que aquí ves, éste tan guapo y tan listo, tan moreno y con esta voz tan sensual, éste que con tanto embeleso miras... Pues te jodes, que es gay!

"El urogallo puede llegar a acostumbrarse a la cercanía del hombre."

Ejem...y parece ser que mucho no le costaría...

- Por cierto, Martín, María, María, Martín -

El pájaro gay - más asustado y confuso que gay en ese momento- me dedicó una sonrisa educada y temblando, se sentó a nuestro lado. Ante tal situación, y sin saber muy bien qué decir, sólo se me ocurrió preguntar:
- Y esto... ¿Hace mucho que anidaste aquí?

Aunque con una mirada de evidente extrañeza, me contestó con educación:
- Ésteeee, unos tres años. Y vos, ¿sos de acá?-

¿Ese acento? No sabía yo que los urogallos eran aves migratorias...

-Sí, no soy ornitorrinca ni nada parecido -

Su mirada de extrañeza se convirtió en mirada de total estupefacción, se giró hacia donde Marilyn estaba sentada en busca de una pista que le ayudara a entender algo de la situación.

Demasiado tarde, en ese momento ella intentaba arrebatarle el acordeón a un pobre rumano que tocaba algo de Edith Piaf para los turistas.

- Ejem... me parece que se ha pasado en la dosis de flores de Bach para potenciar la amistad hacia lo ajeno- le dije.

Esta vez me miró de un modo diferente, como con cara de "Intentemos dar un poco de sentido a todo esto antes de que salga corriendo, ¡pedazo de locas!"

- ¿Ya probaron el mate?-

- La verdad es que prefiero los M'n'Ms... ¿Eso del mate no es algo que se toma en Argentina y Urug... ¡claro! -¡Eureka, acababa de entenderlo todo!- ¡eres U-RU-GUA-YO!, ¡dame un abrazo, amigo! - y me abalancé sobre él con tremendo desenfreno mientras me dedicaba a palpar algo aquí y allá de su sensual anatomía. Pero él tenía otros planes...

La plaza tenía una salida que desembocaba en el paseo marítimo y en la esquina se hallaba un bar de ingleses ruidoso y un tanto hooligan. Aunque el interior del local parecía el mismo averno, en el exterior habían colocado unas mesas y unas sillas que humanizan hasta cierto punto el denso ambiente que normalmente reinaba. Desde la plaza se podían divisar algunas de las sillas, con el paisaje del puerto como fondo.

Justo en ese momento una de las sillas era ocupada por un hombre de unos treinta años, más bien alto, de constitución atlética, bronceado, cabello castaño oscuro y ojos verde olivo que, a mis espaldas, se estaban encontrando con los ojos azabache de Martinsito, quien, cansado de mi repentino y desaforado cariño me apartó de él con suavidad...una suavidad que me estrelló contra la fuente que había en medio la plaza.

Una vez reincorporada, pude ver como Martinsito, con un brillo especial en los ojos, se acercaba al hombre del bar, quien con una sonrisa de medio lado se presentaba:

- My name is Bridges. James Bridges-

A lo que el uruguayo contestó:
-Pues my name is Sito, Martinsito-

El guiri se puso de pie y tras otra mirada mutua que hizo que las sillas del bar se fundieran como el robot de Terminator II, desaparecieron por el paseo.

"Siempre se ha escrito de los urogallos que son orgullosos en celo, que pierden el miedo delante del hombre y que incluso lo atacan"
Menudo pájaro...

Mientras, Marilyn seguía batallando con el rumano, quien ya le suplicaba de rodillas por su mujer, por sus hijos, por el conde Dracula... que no le arrebatara su método de subsistencia. Decidí seguir su ejemplo, (el de Marilyn, no el del rumano) y le arrebaté el poncho a un boliviano al grito de ¡¡¡LA ORNITORRRINCA PASAAAAA!!!

FIN

Barcelona, 28 de agosto de 2004